El Camino del Yo Soy
Santiago Pando
Antes yo era un personaje y me sentía importante.
Y tenía razón en sentirme importante: cuando apenas tenía 33 años ya era presidente de una trasnacional inglesa de publicidad. Y era uno de los creativos más reconocidos en México y Latinoamérica.
Viajaba por el mundo con gastos pagados. Mi casa era el epicentro de las fiestas. Salía en periódicos y revistas. Me invitaban a dar mi opinión en programas de televisión. Mis comerciales eran premiados en festivales internacionales.
Mis ideas publicitarias las filmaban renombrados directores de cine como Carlos Carrera, Alejandro González Iñárritu, Daniel Gruener, Simón Bross, Carlos Hari Sama, entre otros.
Vivía en un mundo aparentemente maravilloso, pero no era feliz.
Era infeliz, sólo que estaba tan ocupado siendo importante que ni siquiera me daba cuenta. Mi posición profesional me había abierto muchas puertas, pero me había encerrado en el mundo sordo y ciego del ego.
Fue entonces cuando la vida me colgó de cabeza en el árbol de la sabiduría.
Todo empezó con una experiencia chamánica con plantas mágicas de poder. (Me zarandeó Dios, dirían los indígenas de las montañas de Oaxaca).
Y en un abrir y cerrar de ojos mi razón se resquebrajó.
Logré entonces atravesar el espejo de la realidad y se me abrieron las puertas de la percepción, que siglos antes el poeta William Blake había dejado abiertas sin llave.
Cuando abres los ojos por dentro te das cuenta que la realidad es un espejismo.
Un espejismo donde tener la razón es más importante que ser feliz. Donde el dinero manda porque el tiempo es oro.
Un mundo que nos hizo olvidar lo que somos, seres luminosos, para convertirnos en consumidores racionales.
Robots programados para comprar las medias verdades del sistema de la doble moral. Y comprar la mentira oficial y los miedos y las culpas. Y comprar la corrupción como forma de poder.
Por siglos fuimos educados a comprar la razón de los poderosos a cambio de negar la verdad de nuestro corazón.
Compramos la guerra como compramos la pobreza. Compramos las enfermedades como nos vendemos a la muerte. Compramos los abusos al igual que nosotros abusamos de nosotros mismos. Compramos los dogmas a cambio de una vida cómoda pero ignorante. Compramos el verbo sin necesidad de predicarlo.
Fue en esos tiempos, cuando descubrí que el sistema de la razón era tan sólo un conjunto de creencias impuestas a través del miedo.
Creencias que no compartía en el fondo de mi corazón, pero que con mi trabajo de publicista, ayudaba a reproducir en el imaginario colectivo.
En ese momento supuse que trabajaba para el diablo. Después tomé conciencia de que en realidad era yo mismo proyectando en la realidad los miedos y prejuicios de mi ego.
Para entonces estaba inmerso en una crisis existencial.
Me había sumergido en una espiral mágica y profunda que me ayudó a tomar la decisión más importante de mi vida: deshacerme de mi personaje para recuperar mi Ser.
Nací en los sesentas. Me escapé a los 33. Soy estrella en fuga.
Y esto es parte de la enseñanza de ese largo y sinuoso camino interior. El camino del Yo Soy.