Todo aquel que ha remado contra la corriente, trae culpas, señalamientos y asuntos pendientes en la espalda. Desobedecer al viejo sistema de creencias tenía costos que había que pagar.
Nadie se convierte en estrella en fuga, sin haber contrariado su propio estado de las cosas. Sin haber contravenido las formas del mundo de las apariencias. Sin haber rebasado los límites establecidos. Sin haberse llenado de lodo los pies.
Yo crecí feliz de niño pero con los miedos de costumbre: miedo a la verdad que traes por dentro y que, invariablemente, es distinta a la razón imperante.
Nos infundieron como sociedad un tremendo miedo a ser uno.
Lo bien visto era ser como los demás. Nos inculcaron a cargar, como pípilas, una loza de culpas en la espalda. Y entre más creces más pesada se vuelve. Es la cruz que te tocó, nos decían.
Esta enseñanza del uno dos tres por mi y por todos los demás, tiene que ver con regresar a ser niños otra vez.
Y poder liberarnos de la pesada armadura que nos hace juzgar y juzgarnos, según las reglas establecidas por el mundo del ego.
Y así, libres, volver a jugar y divertirnos con el juego de la vida.
En el juego de las escondidas, el que jugábamos de chiquitos, cuando te salvas, tienes la opción de salvar a todos: un dos tres por mi y por todos los demás.
Así puede funcionar también el asunto de la salvación colectiva.
El perdón es lo que hace a Jesús el maestro de maestros, el gran salvador de la humanidad. Si perdono, ilumino mi camino.
Al hacerlo, invito a la salvación a todos los que se cruzaron conmigo, aunque sea brevemente.
Todos somos uno en la obra de Dios, compartimos el mismo escenario.
Nadie pierde porque todos ganan.
Es un juego colectivo, donde cada quien hace una parte del gran rompecabezas que somos.
La hermandad es una de las claves. La reciprocidad es otra.
Agradezco lo que soy, perdono lo que fui. Agradezco a los demás y les pido perdón a quienes ofendí.
Sólo perdonando y agradeciendo, podemos liberarnos del yugo del pasado. Y transformar la enseñanza en sabiduría.
Un dos tres por mi y por todos demás. Sin excepción.